Un circulo, un cuadrado, un rectangulo o peor que todo una linea, pero siempre con un punto de partido que es el mismo que el de llegada. Lo raro ni malo no es eso, de hecho siempre fue, es y seguirá siendo así, lo malo es que el trayecto siempre (o casi, al menos) no cambia de colores, no hay púrpuras, rojos ni azules, solo grises, hechos de un amalgama de negros y blancos que se mezclan y superponen en un tiempo no tan lento como para ser percibido con claridad.
Percepción, búsqueda sutil pero diaria de estímulos, todo está como listo para comenzar un gran carnaval y sin embargo queda siempre en deseo, una invitación frustrada a un goce que se disipa entre humo y ruido, entre miradas y charlas. Son historias desparramadas que nadie junta, emociones que pasan desapercibidas, en un mundo cotidiano que van tan apurado que hasta se olvida de esperar a la sombra propia.
Nos quieren confundir, hacen humo, malabares, enbebiéndonos en una fiebre cuyo remedio no es más que insertarnos en la misma. Hay un modelo a seguir, un mundo al que tallarse a imagen y semejanza, pero que como horizonte siempre se corre un poco más allá. ¿Valores de por medio? Claro!, culto a la violencia, viveza y perfección.
Un orden establecido, un sometimiento constante a lo que pasa por inercia, como agachando la cabeza, al que solo pocos tienen intenciones de cambiar. Relaciones impersonales, fugaces y falsas, el placer de lo inmediato y la euforia que nos licua un poco el cerebro cada tanto para poder seguir.
Cotillón disponible todos los días pero para fines poco felices.
martes, 11 de diciembre de 2007
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