Enzarzado en las palabras de Hesse y su Siddhartha, no sin estoico afán, todavía se desdobla en su inevitable existir y su impostergable disfrutar (qué precario, qué infame). El esfuerzo del no esfuerzo, trabajo ajetreado sí los hay, deja huellas indelebles en esa piel con aspiraciones camaleónicas, inexorables por cierto hasta que la cuerda deliberadamente caprichosa deje de tensar y la relajación se haga carne. Solo es allí y nada más que allí, en ese vergel interno antes despreciado inconscientemente (¡¿cómo culpar al humano?!), donde lo fluido alcanza su plena significación y la vida, o ese ir y venir incesante de pensamientos y sucesos que denominamos como tal, empieza a transcurrir como frenesí incesante de colores vivos, con justificada y petulante prisa.
Los relojes sin proponérselo se descomponen, rinden sus agujas a las 6.30 en gesto de sincera admiración ante tamaño corrimiento ataráxico, donde no hay lugar alguno para la angustia existencial. Encaramado en este nuevo cielo, ahora debe aprender (naturalmente, desde la praxis) a distinguir las estrellas que, en esencia y no-tan-solo en apariencia vuelan a su lado, para darle nombre y forma al círculo mágico que ha logrado perfeccionar.
viernes, 12 de septiembre de 2014
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