Me preocupa que otra vez haya aparecido la demagogia barata con temas que nos tocan a todos; los tendemos a simplificar quizás por miedo a sentirnos culpables y así en la obligación de tener que actuar. Nos gusta que nos pinten las cosas como esperamos; solo los que pueden darse el lujo de tener una imagen en color de sus vidas se animan a ver el fraude de lo que nos acaban de trazar.
Tengo ganas de hablar de esto no desde una posición moralista, como quien condena y rechaza este mundo de la noche como un problema de “otro”, sino como alguien que forma parte de él cada fin de semana. Primer párrafo de este texto en mano, es que me gustaría rechazar y aplastar argumentalmente estas medidas gubernamentales que quieren poner límite a los horarios de los boliches, para “solucionar el problema de la exacerbación de la violencia que nos atraviesa todos los días y por todas partes”.
Me gustaría pensar, para poder entender bien el tema y problema, que es lo que representa la noche para el que incursiona en ella, quizás más todavía que es lo que se busca en ella. Es que dejando por un rato de lado la institución social que representa, digo esa paradoja de solo poder divertirnos en un lugar cerrado y pago, la noche tiene sus propios códigos (que poco a poco vamos interiorizando hasta que ya no nos resultan extraños). El boliche en ese lugar oscuro del mundo donde las reglas que todos los días rigen nuestras relaciones sociales pueden alterarse y hasta invertirse. Nos está tentando todo el tiempo con la posibilidad de ser lo que no somos afuera, lugar donde todo está al alcance de la mano, todo lo que afuera parece lejano a nuestro alcance. El alcohol, a mi manera de entender las cosas, no viene a ser más que ese instrumento necesario para poder hacernos creer a nosotros mismos que esa posibilidad es real y al mismo tiempo sempiterna. Y no es ni lo uno ni lo otro: ahí está el problema. La noche no dura para siempre, el mundo, de a poquito, con la luz de la mañana, va retomando su color, y lamentablemente sigue ahí inmutable, tajante e inmóvil como lo dejamos unas horas atrás.
Nos venden fantasía ahí adentro. Nos venden humo. Y nosotros compramos sea como sea, cueste lo que cueste. Mujeres regaladas que no se quieren ni un poquito, música a todo volumen que no nos deja pensar (¿Para qué a fin de cuentas?), discriminación, privilegios por hacerte “amigos” del ambiente, orden, disciplinamiento y control patovica, entre otras tantas cosas; lucro lucro y más lucro a costa nuestra al fin y al cabo parece ser el único fin: somos simples multitudes que depositamos nuestro dinero ordenadamente en sus ventanillas.
Me pregunto porque nos dejamos engañar así, y no puedo responderme si es que a esta altura ya les creemos o al menos todavía seguimos eligiendo creerles: en un caso sería derrota en el otro tristeza. Resulta que nos robaron los valores, las ideas, las ilusiones, los colores, los aromas y ahora nos los cobran y encima resultan ser de cotillón: son descartables, truchos, pero sin aprender la lección los volvemos a buscar semana tras semana. Ya no nos explotan solo los días de semanas, los fines de semana lo hacen también más sutilmente. Ya no solo son los dueños de nuestro trabajo sino también de nuestra diversión.
Tenemos que entender que este proceso no se dio de un día para el otro, no, de ninguna manera. El vacío con el que nos dejaron no se produce tan fácilmente, son años de práctica constante e ininterrumpida. Y en esto hay que ser muy ingenuos si creemos que se puede dictar falta de meritos al poder político de los últimos 30 años: es a través del Estado y sus instituciones que, representando los intereses del poder económico dominante, nos han llevado a esta especie de desintegración cultural. Ahora vienen a hacerse los desentendidos y abogando por el bienestar de los jóvenes, aplican medidas superficiales para regular la movida nocturna.
"¿Qué les pasa a los jóvenes de hoy? Se preguntan descaradamente todo el tiempo. Con sus computadoras, sus Ipods, sus fotologs, sus facebooks, no hacen más que tomar cerveza y fumar porro, no tienen metas, ni principios, ni respetan a sus mayores... La juventud está perdida."
"Nos legaron una farsa donde no nos podemos encontrar y se preguntan qué nos pasa…"