lunes, 21 de diciembre de 2009

Marcas invisibles

Con lo que cuesta encontrar un poco de amor suelto del que poder gozar, hay días con semejante tupé como para que no pase nada. Nada, simplemente nada. Pasan, se esfuman, el tiempo ya no tiene armas para volverlos a traer, y sin embargo los cúmulos de sensaciones dejan marcas profundas en el alma, aunque no sin esa rara y maravillosa cualidad de la invisibilidad. Todo va a quedar allá atrás mañana, cuando el sol salga de nuevo y las cosas recobren el color que les da su brillo propio, pero, aunque no parezca, nadie sale ileso.

Que miedo a la endeblez, que miedo a la fragilidad, que miedo a querer que se percibe en el aire! Un deseo profundo y constante, una pasión demasiado humana, pero que hoy se distorsiona y deshace adentro de nosotros mismos. Un beso, un abrazo, una sonrisa, una palabra, o un caminar de la mano, todas se ahogan sin siquiera gritar auxilio en este mar convulsionado. Parecen entonces no perdurar, pues el agua, cruel e implacable, todo lo entierra; solo existe aquello que puede sobresalir en la superficie por unos minutos.

¿Cuando fue que las luces de la ciudad cegaron tanto como para poder verse solamente a uno mismo? Hice magia de los más variados colores casi con desesperación y hasta no quise atrapar un rayito de luna porque me parecía berreta; pero hice sin buscar nada a cambio. Parece que desnudarse a diario no es la receta, el egoísmo tiene esa puta capacidad de no valorar las emociones. Será cuestión de seguir tirando los dados…


1 comentario:

Ximena dijo...

para nada básico...