sábado, 13 de junio de 2009

Atilio nada

Mientras volvía manejando ayer a la noche se le cruzó algo muy pero muy rápido por la cabeza, y sin embargo no sabe porque fue, pero quiso pensarlo. Pensó, así de la nada, en que extrañaba a una de sus tantas ellas, una que duró unos cuantos meses en su vida, y que, como todo tiempo pasado, recuerda por lo bueno: su sonrisa, su autenticidad, su simpleza.

Trató que el engaño dure un poquito más; las construcciones que hacemos para defendernos y justificarnos no se esfuman por lo general de un minuto para el otro, pero esta vez algo falló. Se dio cuenta demasiado rápido, más de lo necesario para no herirse, que no la quería a ella, se quería a él sintiendo la sensación de tenerla al lado suyo. Y no porque ella tuviese algo particular, algo exótico, de lo que le gustara hacer alardes frente al mundo, como pudo pasar otras veces; no, era bien suyo, apretaba adentro, sensación de tener alguien al lado, de sentirse bien su yo con su otro yo.

Se angustió al dudar que si la cambiaban por un cactus le pasara lo mismo. ¿Nada de lo que le pasó estaba en ella en definitiva entonces? ¿Le pasará así con todas ellas? ¿Todo lo montó él en su cabeza para llenarse y cuando alguien está intentando entrar tira el yenga? Suplica que si alguien responde afirmativamente a estas 3 preguntas, no lo diga sin vasos de fernet en sendas manos. La verdad no quiebra pero si a veces precisamos que camine zigzagueando.

Se le cruzó entonces filosofía, de esa que aflora por los poros de la memoria reciente. Todo en constante cambio, todo líquido, posmodernidad. Todo efímero, todo individual, todo ya. El problema de eso es que se agota al mismo tiempo que se alcanza, y el aburrimiento y malestar derivado de no poder prolongarlo al infinito es inexorable.